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Reflexión destacada.

...fue capaz de susurrar sus propias palabras al oído, aunque a veces el murmullo se transforme en un grito desesperado.

miércoles, 28 de abril de 2010

Bajo el árbol

Bajo el árbol.

A mitad de semana, sin dinero en los bolsillos y con el último cigarro en los labios, me detuve a mirar los autos, la gente que iba en ellos… ¡Oh padre! Cuál de todos era el más ruidoso.

Viejas deformes paseando sus respingadas narices entre vitrinas, mocosos mal criados llorando por aquel dulce que no se les concedió, hombres pestilentes y demasiado ocupados como para recordar el nombre de sus hijos, parejas en estado semi-orgásmico besándose y agarrándose al deleite del universo., micros con artitas callejeros y vendedores de helado. Un pandemónium nacional.

Seguí mi camino y un perro me detuvo, era negro, aparentemente un cachorro. Podía ver su estructura ósea a la perfección. Lo invité a almorzar. Mientras caminaba con mi nuevo amigo por la alameda los olores de alimentos nos hacían sonar las tripas. Nos detuvimos en un parque cercano y conversamos sobre nuestras vivencias. Él, me contaba sobre su madre, unos lolos la habían separado de sus cachorros. Yo le hablé de la mía. Pasamos muchísimo rato conversando y luego dormimos una siestecita bajo la sombra de un árbol que nos había escuchado todo el rato que estuvimos ahí.

Cuando despertamos ya era de noche, mi celular registraba 15 llamadas perdidas de mi madre, fue en ese minuto en el que miré a mi amigo, el había dejado de respirar, estaba tieso y frio. Sentí un poco de pena porque ya no tenía con quien hablar. Saqué mi último cigarro y lo prendí. Cuando terminé de fumarlo me acosté junto a mi amigo lo abracé y no desperté jamás.

1 comentario:

Anónimo dijo...

H-E-R-M-O-S-O!!!