
Lectura para antes de morir.
Ya comenzó el otoño, el frío sintió la necesidad de hacerse presente. Mis padres eligieron la mejor fecha para sugerir que volara del nido. Me presento, me llamo Nigra, soy un hermoso ejemplar de corvus corax, una especie de ave paseriforme de la familia de los córvidos. Mientra volaba, un día, sobre estos ruidosos seres vi una joven que leía. Como estos seres nos detestan me posé sobre una ramita para ver si alcanzaba a leer aquello que la tenía tan atrapada. Era un libro de Rimbaud. ¡Que dichosa tarde aquella!
Ese día de vuelta en el nido, me recosté pensando en aquel barco ebrio que conocí esa tarde. Al día siguiente hice el mismo recorrido con la esperanza de volver a encontrarme a esta joven, efectivamente ahí estaba ella, sentada bajo el mismo árbol leía al ilustre Edgar Allan Poe, de pronto, mientras leía uno de los cuentos yo me asusté y grité muy fuerte. Ella me descubrió, por un minuto temí que me golpease y cerré los ojos, para mi sorpresa me miró y sonrió, se dio la vuelta y me siguió leyendo.
Esa noche me fui a dormir pensando en Annabel Lee. AL día siguiente y al siguiente nos sentábamos a leer, yo ya había aprendido a volar a la perfección. Una tarde de no recuerdo qué día ella me invitó a vivir con ella, la seguí gustosa, me metió en su bolso y viajamos en metro. Que ruido hacía el vehículo este, los humanos apachurrados en su interior como gusanos peleándose el último trozo de carne del cadáver olvidado. Luego de eso subimos a una micro que la llevaba a su casa. Luego de todo este recorrido ya había perdido mi sentido de orientación y mi nido había pasado a ser un recuerdo.
Una vez en casa de ella, me preparó una camita con algunos trapos y cojines que tenía y se dispuso a leer nuevamente. Leímos horas y horas hasta que el sueño nos venció. AL día siguiente ella se fue a su universidad y yo me quedé practicando sus lecturas. Para ti, querido lector, si no sabías mi especie puede imitar los sonidos del medio ambiente, incluyendo la voz humana. Poseemos un amplio abanico de vocalizaciones.
Aquella tarde cuando la joven llegó sus muñecas sangraban, su labio estaba roto y su mejilla estaba morada. Se sentó en a cama, acarició mi pelaje y comenzó a leer, esta vez leímos las flores del mal de Charles Baudelaire. En medio de un poema la joven se levantó y se fue unos segundos, cuando volvió se recostó y siguió con el poema, minutos más tarde se sintió cansada y decidí que esta vez sería yo quien le leyese a ella.
¿Qué importancia tiene vuestra bondad?
Se Bella y se Triste, las lágrimas
agregan encanto a tu rostro
como la lluvia al paisaje,
La tormenta rejuvenece las flores.
Te amo más cuando la alegría
huye del balcón de tu frente,
Cuando tu corazón se hunde en el horror,
Cuando sobre tus cejas se despliega
La temible nube del pasado.
Te amo cuando tus grandes ojos derraman
Un agua tibia como sangre,
Cuando a pesar de mi mano acompañante,
El peso de la angustia horada tu voz
Como un quejido agonizante.
Y aspiro, divina voluptuosidad,
Himno de profunda delicia,
Todos los sollozos de tu pecho,
Y creo que tu corazón se ilumina
con las perlas que caen de tus ojos.
Cuándo terminé de leerle su poema preferido, su ojo lloraba, me miró y vi su ojo… ¡Oh padre! ¡Maldito ojo el de ella! Se despidió de mí y lo cerró. Cuando volteo su cabeza me llevé una sorpresa enorme, tenía otro lado, otra mejilla otro ojo y en el pelo llevaba un hermoso artilugio hecho de plumas y una de esas era mía.
Me llevó poco tiempo darme cuenta que ella era mi madre, aquella que siempre soñé con tener, que me leyera cuentos, me alimentara, me acariciara y que nunca me corriera de su lado. Esperando que su viaje fuera más ameno continué con la lectura de las flores, poco rato más tarde, su madre la llamó a cenar y yo… sólo leí.
Ya comenzó el otoño, el frío sintió la necesidad de hacerse presente. Mis padres eligieron la mejor fecha para sugerir que volara del nido. Me presento, me llamo Nigra, soy un hermoso ejemplar de corvus corax, una especie de ave paseriforme de la familia de los córvidos. Mientra volaba, un día, sobre estos ruidosos seres vi una joven que leía. Como estos seres nos detestan me posé sobre una ramita para ver si alcanzaba a leer aquello que la tenía tan atrapada. Era un libro de Rimbaud. ¡Que dichosa tarde aquella!
Ese día de vuelta en el nido, me recosté pensando en aquel barco ebrio que conocí esa tarde. Al día siguiente hice el mismo recorrido con la esperanza de volver a encontrarme a esta joven, efectivamente ahí estaba ella, sentada bajo el mismo árbol leía al ilustre Edgar Allan Poe, de pronto, mientras leía uno de los cuentos yo me asusté y grité muy fuerte. Ella me descubrió, por un minuto temí que me golpease y cerré los ojos, para mi sorpresa me miró y sonrió, se dio la vuelta y me siguió leyendo.
Esa noche me fui a dormir pensando en Annabel Lee. AL día siguiente y al siguiente nos sentábamos a leer, yo ya había aprendido a volar a la perfección. Una tarde de no recuerdo qué día ella me invitó a vivir con ella, la seguí gustosa, me metió en su bolso y viajamos en metro. Que ruido hacía el vehículo este, los humanos apachurrados en su interior como gusanos peleándose el último trozo de carne del cadáver olvidado. Luego de eso subimos a una micro que la llevaba a su casa. Luego de todo este recorrido ya había perdido mi sentido de orientación y mi nido había pasado a ser un recuerdo.
Una vez en casa de ella, me preparó una camita con algunos trapos y cojines que tenía y se dispuso a leer nuevamente. Leímos horas y horas hasta que el sueño nos venció. AL día siguiente ella se fue a su universidad y yo me quedé practicando sus lecturas. Para ti, querido lector, si no sabías mi especie puede imitar los sonidos del medio ambiente, incluyendo la voz humana. Poseemos un amplio abanico de vocalizaciones.
Aquella tarde cuando la joven llegó sus muñecas sangraban, su labio estaba roto y su mejilla estaba morada. Se sentó en a cama, acarició mi pelaje y comenzó a leer, esta vez leímos las flores del mal de Charles Baudelaire. En medio de un poema la joven se levantó y se fue unos segundos, cuando volvió se recostó y siguió con el poema, minutos más tarde se sintió cansada y decidí que esta vez sería yo quien le leyese a ella.
¿Qué importancia tiene vuestra bondad?
Se Bella y se Triste, las lágrimas
agregan encanto a tu rostro
como la lluvia al paisaje,
La tormenta rejuvenece las flores.
Te amo más cuando la alegría
huye del balcón de tu frente,
Cuando tu corazón se hunde en el horror,
Cuando sobre tus cejas se despliega
La temible nube del pasado.
Te amo cuando tus grandes ojos derraman
Un agua tibia como sangre,
Cuando a pesar de mi mano acompañante,
El peso de la angustia horada tu voz
Como un quejido agonizante.
Y aspiro, divina voluptuosidad,
Himno de profunda delicia,
Todos los sollozos de tu pecho,
Y creo que tu corazón se ilumina
con las perlas que caen de tus ojos.
Cuándo terminé de leerle su poema preferido, su ojo lloraba, me miró y vi su ojo… ¡Oh padre! ¡Maldito ojo el de ella! Se despidió de mí y lo cerró. Cuando volteo su cabeza me llevé una sorpresa enorme, tenía otro lado, otra mejilla otro ojo y en el pelo llevaba un hermoso artilugio hecho de plumas y una de esas era mía.
Me llevó poco tiempo darme cuenta que ella era mi madre, aquella que siempre soñé con tener, que me leyera cuentos, me alimentara, me acariciara y que nunca me corriera de su lado. Esperando que su viaje fuera más ameno continué con la lectura de las flores, poco rato más tarde, su madre la llamó a cenar y yo… sólo leí.
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