
Azafata
Bajo un árbol me ahogaste,
solía columpiarme allí.
Sé que se oculta en tus bolsillos,
conozco el olor del cansancio.
Me engañaste vestido de escolar,
y yo con blusa amarilla.
Marín y tres por sólo nueve.
Pérjuro, volviste.
Del pelo ingerí el castigo,
y la rabia hervía a borbotones
mientras mi garganta chorreaba.
Pechos violáceos.
La mano de mi padre cae furiosa.
Aparece la tuerta (ya te extrañaba Josefa amada)
y el conejo me hace mimitos con el peluche ensangrentado.
Duerme tranquila, niña,
tu cuerpo es sagrado
y los tentáculos quemarán
la memoria infesta.
Te castro con mis oídos
y sobre alas de crital
recorro parís.
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